El anciano respiraba lento y constante. Rascaba la mesa con el dedo índice y, con la otra mano apoyada en el borde, parecía sostener el peso de su cuerpo. Permanecía inmóvil. Sus labios resquebrajados, apenas entreabiertos, despedían un hilo de vapor. Sus pestañeos parecían darles palmadas a los ojos para obligarlos a seguir mirando.
—No. No fue hace mucho tiempo. Lo recuerdo bien. Fue a mediados de abril, cuando llegan los tiempos de lluvia.
El anciano se atusó el bigote, tomó un sorbo de café y se quedó con la taza suspendida a medio camino.
—Estábamos en la sala de espera, sí, sí. Yo leía la revista Mayéutica que me regaló mi nieta; él estaba sentado a mi lado, con las piernas cruzadas, observando el balanceo rítmico de su propio pie. Lo noté por el chirrido seco que hacía la silla con cada movimiento. Sí. Eso llamó mi atención. Y eso que estoy bastante sordo; pero el sonido era agudísimo e irritante. Entonces lo miré fijo, muy serio. Como para que se diera cuenta.
—¿Vio si llevaba las cartas? —preguntó la señora frente a él.
Se acomodó el pelo de un lado y del otro y se frotó las manos. Observó al anciano apoyar la taza y acariciar con el pulgar la pequeña manija.
—Tenía un montón de papeles arrugados en las manos. Los alisaba a cada rato y luego acomodaba el fajo golpeándolo contra su muslo. Imagino que debían de ser las cartas que menciona.
Levantó la taza e hizo una seña al mozo, que se acercó de inmediato.
—¿Puede traer más café, por favor?
Apoyó la taza sobre la mesa y la deslizó suavemente hacia el centro. La siguió con la mirada hasta que la señora la detuvo entre las manos. El anciano la miró; ella apartó las manos y se arrimó un poco.
—Cuénteme, Antón. Por favor.
—Se cortó la luz —respondió, seco.
—¿Y entonces?
La señora cerró los ojos, bajó la cabeza y suspiró.
—Me quedé sentado en mi lugar, y él en el suyo. La señora Raquel se asustó; dio un grito muy fuerte. Un enorme rayo debió de ser el causante del corte y, por el estruendo, debió de caer muy cerca, porque hasta yo oí bien cómo temblaron los vidrios. Ambos tuvimos un sobresalto, más por el grito de la señora Raquel que por el trueno, y nos miramos de una forma más amigable. Enseguida se activaron los generadores y volvió la luz.
La señora apoyó los codos sobre la mesa y entrelazó los dedos. Miró sus manos y luego volvió la vista al anciano.
—Quizá fue ese momento de oscuridad, no sé, pero entonces le hablé. «Qué hermoso temporal, ¿no?», le dije. Y casi sin darnos cuenta empezamos a charlar sobre las tormentas. A él también le entusiasmaba el clima: los rayos, los colores, el viento y los destrozos.
—Sí. Lo sé, Antón. ¿Y cuánto tiempo estuvieron esperando juntos?
—La verdad, no lo sé.
—¿Y qué cosas más le contó? Si puede decirme. No quiero incomodarlo ni molestarlo.
—Me contó que en su infancia nunca había jugado bajo la lluvia. ¿Será posible? Bueno, en su adultez tampoco, pero eso nos pareció más lógico; incluso nos reímos de ello. Me dijo que su madre había sido una mujer muy severa, estricta. Nunca lo dejó mojarse por gusto, mucho menos embarrarse. Las pocas veces que le ocurrió fue porque la lluvia lo tomó de improviso, y entonces su padre lo golpeaba. ¡Por haberse mojado! No entendí el porqué de esas actitudes; me parecieron sumamente extrañas y, claro, reprochables. Pero su tono era tan suave que parecía que no le molestaba en lo más mínimo, como si ambos hubieran muerto hacía mucho tiempo y él los hubiera perdonado.
La señora se recostó en el respaldo de la silla, desabotonó su tapado y se pasó la mano por el cuello.
—Me imagino, Antón, que se sintió incómodo. Y después, él se fue...
—No —interrumpió Antón—. Entonces yo le hablé de las mil y una veces que jugué al fútbol en el barro, de cuando nadaba en las cunetas y de los absurdos rituales que hacía con mi hermano para que no dejara de llover. Él me miraba atónito, como si fuera algo inaudito. Recuerdo sus ojos brillosos, temblorosos, con cada palabra que pronunciaba.
Antón inclinó levemente la cabeza y guardó silencio. La señora, extrañada, siguió la dirección de su mirada, pero no encontró nada significativo. Cuando volvió a girarse, Antón observaba la taza vacía.
—Pensé que eso lo había conmovido de alguna forma extraña. No sé por qué ni qué fue exactamente. Me dijo: «Hermosos los tiempos de lluvia», y volvió la vista hacia la ventana. No respondí. Pensé que realmente estaba contemplando la tormenta.
Antón miró hacia los ventanales del café. El sol apenas se filtraba por la parte baja de los cristales. La señora apretó los labios, expectante.
—Su acento me pareció de Buenos Aires, y ahí fue cuando le pregunté de dónde venía. Me respondió que de CABA.
La señora notó que una sonrisa amarga se esbozaba en el rostro de Antón. Quiso comentar algo, pero él continuó.
—Yo no sabía qué era eso de «CABA», pero me hice el entendido y seguí charlando sobre las grandes tormentas que viví. Y creo que ni se dio cuenta de mi ignorancia, como yo de sus cavilaciones.
—Pero... luego del corte de luz, ¿no se acercó nadie a asistirlos o a informarles algo?
—No, no. Y tampoco nos pareció raro; la oscuridad duró un suspiro. ¿Por qué iba a acercarse alguien?
—Bueno, no sé…
Una carcajada estrepitosa los hizo volverse hacia el fondo del café. Una señora daba palmadas sobre la mesa y en el brazo de un señor que se tapaba la boca para contener la risa mientras miraba a los lados, avergonzado por tantas miradas.
Poco a poco, el murmullo volvió a su nivel habitual. Antón recordó su pedido, hizo una seña al mozo y este se disculpó con gestos que parecían subrayar su inocencia en el asunto.
—Después de un rato le pregunté: «¿Qué son esos papeles arrugados?». Las cartas que usted dice que tenía. Ya me sentía con confianza para hacerlo; me intrigaban por la forma en que las sostenía. Pero me dijo que no eran nada. «Algo que debo», respondió, o algo parecido, no lo recuerdo bien. Enseguida me preguntó por mi edad y terminamos hablando sobre mis medicaciones y mi sordera. Lo vi muy interesado en el tema; entendí la indirecta y, la verdad, no intuí nada.
El mozo llegó al fin con el café. Se disculpó por la demora y explicó que la expendedora de granos se había trabado. Sirvió las tazas y se retiró.
Ambos sorbieron lentamente. Al bajar las tazas, se miraron a los ojos por primera vez, como si reconocieran en el otro una compañía cálida. Antón apoyó la suya y la contempló un instante. La señora permaneció con la taza cerca de la boca, saboreando el vapor.
—En un momento se agachó y vi que llevaba un collar con una piedra negra envuelta en un alambre dorado, muy parecido al de mi nieta. Entonces le conté que, por lo general, ella me acompañaba en esas esperas, pero que esa vez me había llevado mi yerno porque no pudimos localizar a Clarita.
La señora apoyó la taza y se quedó observándola, sin apartar las manos. Antón dio otro sorbo.
—Le dije que Marcos me había dejado en la entrada porque estaba estacionado en doble fila y tenía sus «cosas que hacer». Eso se ve que no le gustó mucho, porque apenas respondió con un «ah» seco y volvió la atención a las cartas, como si las estuviera estudiando. Noté que las apretaba, como queriendo romperlas, pero conteniéndose. «Quizá por eso están arrugadas», pensé. Después me di cuenta de que ni siquiera las estaba leyendo, y me molestó ese giro antipático. Entonces me puse a mirar la tormenta por los ventanales; creo que al rato él también estaba observándola y que la contemplamos juntos en silencio.
Antón imitó a su acompañante y volvió a rodear la taza con las manos. Sopló el café y observó las ondas que se formaban en la superficie.
—Luego, para romper el hielo, le comenté que tenía muchas fotos de tormentas. Muchísimas. De cielos negros y nubosos, de lunas ocultas tras atardeceres violáceos. No sé por qué quería seguir hablando con él; había algo que me impulsaba a continuar la charla. «Son mis tiempos de lluvia», le dije, y él sonrió. Una sonrisa rara, como si entendiera algo más de lo que yo estaba diciendo. «A mi nieta no le gustaban mucho las tormentas, ¿sabe?», agregué, y él asintió. Yo pensé que me comprendía, que no a mucha gente le gustan las tormentas. Me había sentido a gusto mirando los refucilos y hablando de eso con él.
En un intento de ordenar sus recuerdos, Antón se llevó la mano a la frente y se masajeó el entrecejo.
—Qué increíble. Llegué a apreciarlo en ese instante, ¿sabe, Paola? «Quizá algún día pueda mostrármelas», me dijo, recuperando su simpatía anterior. «La próxima semana tengo que volver; las puedo traer, ¿qué le parece?». Se lo dije pensando que eso iba a entusiasmarlo, pero su rostro volvió a cambiar. No me respondió. Se levantó y se encaminó hacia los baños. Recuerdo que pensé: «¿Por qué estará acá? Se lo voy a preguntar cuando vuelva».
—Pero usted no podía saber, Antón. Dígame, ¿llevaba un bolsito con él?
—No. No tenía ningún bolso, señora; solo una mochila que parecía vacía... y esos papeles.
—Entonces se fue al baño con las cartas y la mochila. ¿No vio si tenía algo más?
—Sí, sí. Se llevó todo. No, tampoco le presté demasiada atención. Pasados unos minutos se oyó el estruendo. Yo, tan ingenuo, creí que era otro rayo, se lo juro, aunque no se cortó la luz ni pasó nada. Sí recuerdo que la señora Raquel, que justo salía, volvió a gritar, pero esta vez no fue solo un grito. La vi santiguarse, pero no entendía nada. Incluso me molestó que se asustara tanto. Pensé: «No puede tenerles tanto miedo a los rayos siendo una señora grande. ¿Qué le pasa?». Entonces me hizo unas señas desesperadas y, cuando quise hablarle, salió corriendo. Y yo me quedé ahí, sentado, esperando que Fabricio volviera del baño pero, como ya sabe, no apareció.
—¿Y no le dejó nada a usted, o en la silla? ¿Está seguro de que no le dijo nada más antes de irse?
—No, Paola, nada de nada. Ni siquiera me dijo que se llamaba Fabricio, señora... Y yo... yo no sabía nada de la vida amorosa que tuvo mi nieta. ¿Se da cuenta de lo estúpido que soy? Ni siquiera reparé en el collar que llevaba puesto. Pensé que esas piedras se conseguían en cualquier lado, no sé... No le presté atención a nada.
Una lágrima brotó de sus ojos temblorosos y cayó directamente en el café negro.
Paola apartó la vista. Sus ojos recorrieron el local. Las conversaciones distantes parecían apagarse. Una cápsula transparente los envolvía, como una burbuja que los aislaba del resto del café.
—Nunca me imaginé... No sé. No entiendo por qué se fue hasta donde yo estaba, si es que tenía un propósito que no concretó, o si...
—Está bien, don Antón. Cálmese, por favor —lo interrumpió Paola.
Antón se levantó de repente. Dio un golpe seco sobre la mesa. Las tazas lanzaron una pequeña lluvia de café a su alrededor.
Paola se quedó petrificada. Los ojos le brillaron con un resplandor muy parecido al de los ojos de Fabricio.
—¿Cree que él fue por mí? ¿Qué quería? ¿Por qué se sentó usted a hablar conmigo, Paola?
La señora se cubrió el rostro con las manos después de dejar sobre la mesa el dije de piedra negra. Se secó las lágrimas con la manga de la camisa y buscó algo en su cartera. Sacó un papel arrugado, doblado por la mitad, y lo apoyó sobre la mesa. Luego tomó la piedra y la colocó encima.
Miró a Antón con un rostro inexpresivo.
Se levantó y se dirigió en silencio hacia la entrada del café.
Antón, con un nudo en la garganta, la siguió con la mirada hasta que desapareció tras la puerta. Quedó boquiabierto, incapaz de articular palabra.
Se inclinó sobre la mesa, como si el aire le pesara.
Luego volvió a sentarse. Deslizó el papel hasta dejarlo junto a su taza; las gotas de café comenzaron lentamente a marcarlo.
Tomó el dije entre los dedos.
Lo apretó.
Apoyó la cabeza sobre la madera fría y soltó un suspiro.
Afuera, el sol se ocultó tras un nubarrón.
El mozo se acercó y, tras dudar un momento, le tocó el hombro.
—¿Necesita algo más, señor?
Un trueno lejano llegó desde la calle. El mozo miró hacia afuera.
Antón alzó la vista hacia la ventana.
—No, nada —dijo—. Que llueva.
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