Colecciones y cuentos

Lectura imprescindible del mes

Sólo un favor

Tiempos de lluvias

El anciano respiraba lento, y sus pestañeos parecían darle palmadas a sus ojos para que continúen mirando.

—No, no fue hace mucho tiempo. A mediados de abril, cuando llegaban los tiempos de lluvias —se atusó el bigote, tomó un sorbo de café y se quedó con la taza suspendida a medio camino—. Estábamos en la sala de espera, sí. Yo leía la revista Mayéutica; él estaba sentado a mi lado, con las piernas cruzadas, mirando el balanceo rítmico de su propio pie. Lo noté por el chirrido seco que hacía la silla con cada movimiento. Eso llamó mi atención, y eso que estoy bastante sordo; pero el sonido era agudísimo e irritante, entonces lo miré fijo, muy serio.

—¿Vio si llevaba las cartas? —preguntó la señora frente a él.

—Tenía un montón de papeles arrugados en las manos. Los alisaba a cada rato y luego los acomodaba golpeando el fajo contra su muslo. Imagino que debían de ser las cartas que menciona —el anciano levantó la taza sobre su cabeza e hizo una seña al mozo, que se acercó de inmediato—. ¿Puede traer más café, por favor?

Apoyó la taza en la mesa y la deslizó suavemente hacia el centro, siguiéndola con la mirada hasta que la señora la detuvo con la mano. El anciano la miró, ella se acercó un poco.

—Cuénteme, Antón.

—Se cortó la luz.

—¿Y entonces?

—Me quedé sentado en mi lugar, y él en el suyo. La señora Raquel se asustó; dio un grito muy fuerte. Un enorme rayo debió ser el causante del corte, y por el estruendo debió caer muy cerca, porque hasta yo oí bien cómo temblaron los vidrios. Ambos tuvimos un sobresalto, más por el grito de la señora Raquel que por el trueno, y nos miramos, ahora de forma más amigable. Enseguida se activaron los generadores y volvió la luz.

La señora juntó sus manos sobre la mesa, entrelazando los dedos. Miró sus manos y volvió a mirar al anciano.

— Quizá fue el momento de oscuridad, no sé, pero entonces le hablé: «Qué hermoso temporal, ¿no?», le dije. Y empezamos a charlar sobre las tormentas. A él también le entusiasmaba el clima: los rayos, los colores, el viento y los destrozos.

—Sí. Y ¿Cuánto tiempo estuvieron esperando juntos?

—La verdad, no lo sé. 

—¿Qué cosas le contó?

—Me contó que en su infancia nunca había jugado bajo la lluvia. Bueno, en su adultez tampoco, pero eso nos pareció más lógico. Su madre había sido una mujer muy severa, estricta; nunca lo dejó mojarse por gusto. Las pocas veces que le pasó fue porque la lluvia lo agarró de improviso, y entonces su padre lo golpeaba. No entendí el porqué de esas actitudes, me parecieron sumamente extrañas, claro, pero su tono era tan suave que parecía que no le molestaba en lo más mínimo, como si ambos hubieran fallecido hace mucho tiempo. 

—Me imagino que se sintió incomodo. Y después, se fue…

—No. Y entonces yo le hablé de las mil y una veces que jugué al fútbol en el barro, de cuando nadaba en las cunetas y de los absurdos rituales que hacía con mi hermano para que no dejase de llover. Él me miraba atónito, como si fuera algo inaudito. Recuerdo sus ojos brillosos y temblorosos.

Antón inclinó la cabeza ligeramente hacia arriba.

—Pensé que eso lo conmovió de una forma extraña. No sé por qué, ni qué fue exactamente. Me dijo: «Hermosos los tiempos de lluvia», y giró su cabeza, perdiendo su mirada en la ventana. Pensé que realmente estaba contemplando la tormenta. 

Giró su cabeza para observar la ventana del café, el sol apenas se filtraba por la parte baja de los cristales. La señora apretó sus labios.

—Su acento me pareció de Buenos Aires, y ahí fue cuando le pregunté de dónde venía. Me respondió que de CABA.

Una sonrisa amarga se esbozó en su rostro.

—Yo no sabía qué era eso de «CABA», pero me hice el entendido y seguí charlando sobre las grandes tormentas que pasé. Y creo que ni se dio cuenta de mi ignorancia.

—Pero… Luego del corte de luz, ¿no se acercó nadie a asistirlos o a informarles algo?

—No. Y tampoco nos pareció raro; la oscuridad duró un suspiro. ¿Por qué se iba a acercar alguien?

—Bueno, no sé…

—Después de un rato le pregunté por esos papeles arrugados. Las cartas que usted dice que tenía. Ya me sentía con confianza para hacerlo, me intrigaba un poco por la forma en que los sostenía, pero me dijo que no eran nada. «Algo que debo», respondió, o algo parecido, no lo recuerdo bien. Entonces me preguntó por mi edad y terminamos hablando sobre mis medicaciones y mi sordera. Lo vi muy interesado en el tema, la verdad que no intuí nada.

El mozo llegó con el café, sirvió las tazas y se retiró en silencio. Ambos sorbieron lentamente, y se miraron a los ojos por primera vez, como si ambos fueran una cálida compañía. Antón apoyó la taza y la contempló un momento. La señora apoyó sus codos en la mesa y se quedó con la taza cerca de su boca, como saboreando el vapor.

—En un momento se agachó, y vi que llevaba un collar con una piedra negra envuelta en un alambre dorado, muy parecido al de mi nieta. Entonces le conté que, por lo general, ella me acompañaba en la espera, pero que esa vez me había llevado mi yerno porque no pudimos localizar a Clarita. 

La señora apoyó la taza y, sin quitarle sus manos, se la quedó mirando, sin observar nada particular en ella.

—Le dije que Marcos me había dejado en la entrada, porque estaba estacionado en doble fila y tenía cosas que hacer. Eso se ve que no le gustó mucho, porque solo respondió con un «ah» seco y cortó la conversación mirando las cartas esas. Noté que las apretaba, como queriendo romperlas. «Quizá por eso están arrugadas» pensé. Me di cuenta que no las estaba leyendo y me molestó ese giro antipático, entonces miré la tormenta por los ventanales; creo que él también la estaba mirando, y que la contemplamos juntos un momento en silencio. 

El anciano imitó a su acompañante y abrazo con sus manos la taza.

—Luego, para romper el hielo, le comenté que tenía muchas fotos de tormentas, muchísimas, de cielos nubosos y negros, de lunas tapadas por atardeceres violáceos. «Son mis tiempos de lluvia», le dije, y él sonrió; con una sonrisa rara, como si supiera lo que le decía . A mi nieta no le gustaban mucho las tormentas, sabe, y yo me había sentido a gusto mirando los refucilos y hablando de ello con él.

Antón se llevó la mano a la frente y se frotó lentamente, en un intento de masajear sus propios recuerdos amasando su entrecejo.

—Qué increíble. Lo llegué a apreciar en ese instante, sabe Paola, «Quizá algún día pueda mostrármelas», me dijo, recuperando su simpatía anterior. Le dije que la próxima semana tenía que volver: «Si tiene un turno próximo, las puedo traer, ¿qué le parece?». Pero su rostro volvió a cambiar. No me respondió. Se levantó y se encaminó hacia los baños. Recuerdo que pensé «¿Por qué estará acá? le voy a preguntar cuando vuelva» .

—¿Y se llevó el bolsito con él?

—No. No tenía ningún bolso señora, solo los papeles esos.

—¿Entonces, se fue con las cartas?

—Sí. Pasados unos minutos se oyó el estruendo. Yo creí que era otro rayo, se lo juro, pero no se cortó la luz ni pasó nada. La señora Raquel volvió a gritar, pero esta vez no fue solo un grito. La miraba santiguarse, pero no entendía nada; incluso me molestó que se asustara tanto, pensé: «No puede tenerle tanto miedo a los rayos siendo una señora grande». Me hizo unas señas desesperadas y cuando quise hablarle salió corriendo. Y yo me quedé ahí, sentado, esperando que Fabricio volviera del baño pero, como ya sabe, no apareció.

—Y ¿No le dejó nada a usted, o en la silla? ¿Está seguro que no le dijo nada más antes de irse?

—No, nada de nada. Ni siquiera me dijo que se llamaba Fabricio, señora. Y yo… yo no sabía nada de la vida amorosa que tuvo mi nieta. Se da cuenta usted, lo estúpido que soy, que ni siquiera reparé en el collar que él llevaba puesto; pensé que esas piedras se conseguían en cualquier lado, no sé, no le presté atención.

Una lágrima brotó de sus ojos temblorosos y cayó directamente en el café negro. Paola apartó la vista a un lado, sus ojos recorrieron el local.

—Nunca me imaginé… No sé, no entiendo por qué se fue hasta donde yo estaba, si es que tenía un propósito que no concretó, o si…

—Está bien don Antón, cálmese, por favor.

El anciano se levantó golpeando la mesa. Las tazas lanzaron una pequeña lluvia de café a su alrededor. La señora Paola se quedó petrificada, los ojos le brillaron con el mismo resplandor que los ojos de Fabricio al escuchar al anciano.

—¿Cree que él fue por mí?  ¿Qué quería? ¿Por qué se sentó usted a hablar conmigo, Paola?
 
La señora se tapó el rostro con sus manos, dejando en la mesa el dije con la piedra negra. Se secó las lágrimas con la manga de su camisa y buscó en su cartera. Sacó un papel arrugado doblado por la mitad y lo apoyó sobre la mesa. Tomó la piedra y la puso sobre el papel. Se levantó en silencio y se dirigió hacia la entrada del café. Antón la siguió con la mirada hasta que desapareció tras la puerta. Boquiabierto, se recostó en la mesa, como si el aire le pesara. Volvió a sentarse, deslizó el papel dejándolo junto a su taza; las gotas de café empezaron lentamente a marcarlo. Tomó el dije y lo sostuvo entre sus dedos. Lo apretó. Apoyó su cabeza en la madera fría y soltó un suspiro. Afuera el sol se ocultó tras una nube. El mozo se acercó y, tras dudarlo un momento, le tocó el hombro.

—¿Necesita algo más, señor?

El ruido de un trueno lejano llegó desde la calle. El mozo miró hacia afuera. Antón alzó la vista hacia la ventana.

—No, nada —dijo—. Que llueva.

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