Colecciones y cuentos

Lectura imprescindible del mes

Sólo un favor

Cuento Hijo de puta & compañía publicado en Revista Mayéutica

Me acuerdo y digo: “qué hijo de puta”... o “qué borrachos de mierda”.

Hasta me pareció planeado. Pero no sé. Difícil.

Lo que supongo es esto: que estaban todos —el hijo de puta y compañía— tomando en algún barcito o en alguna casa. Todos amigos, conocidos.

Y quizás después —con ganas de tomar también un poco de aire— se fueron a alguna esquina (por eso la caja de vino vacía).

Digo quizás porque era una noche bastante fría para estar al aire libre.

Pero con estos borrachos, todo puede pasar. Eso es seguro.

Mientras tomaban al resguardo, ya los ánimos, el ambiente y la sangre se habían calentado. Seguro respiraban el aire caldeado.

Surgieron algunos cruces. Algunas malas cartas. Algún dinero que se debía. Algún cobrador impaciente.

Algo de eso.

¿Celos? Puede ser también. Todo puede ser.

Entonces se decide ajustar los términos.

El hijo de puta y un contrincante se desafían: sacar la bronca, marcar la cancha, cobrarse aunque sea unos golpes.

Claramente el hijo de puta pegaba más fuerte —porque era grandote el tipo.

Entonces el otro hace una seña y entra en escena un ayudante, el alcahuete. O quizás otro cobrador, otra bronca, otro que antes cobró golpes y ahora quiere devolverlos. Otro ofendido.

El hijo de puta mira a los costados. Ninguno de los otros salta por él. Todos quietos. Al contrario: lo rodean. Se aseguran de que no escape. 

Uno escupe al piso, y entre todos le propinan golpes. Él responde con puños y patadas. Grita: “Para amigos así, ¿quién quiere enemigos?”

Entre el revoltijo, una de esas patadas va a parar al muslo de otro hijo de puta —uno peor y más borracho —que, para el asombro de los otros borrachos —los que solo tiran piñas, patadas y escupitajos —,desenvaina y le clava un puntazo en la nuca.


Ahí todos se quedan quietos de nuevo. Pero expectantes: mirando la faca que goteaba y la remera que se teñía de rojo poco a poco.

El hijo de puta cae de rodillas, y después de cara al barro. Seguramente lanzando alguna puteada, mirando a sus acompañantes con los ojos torcidos.

Lo miran desplomarse. Y al mirar, se les pasa la borrachera.

Algunos corren....


Este cuento fue publicado en la revista mensual Mayéutica. Descarga gratuita de los últimos números. Podés encontrar poesía, prosa, relatos, ensayos, fotografía y artes varias.


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 •| MAYÉUTICA 36 |•

Intemperie

 Huí de los vastos 

imaginarios, desvelos 

—principios, caminos, destinos, consuelos —

que el simple estrellado cielo

efervescía en mí.


Yací a la intemperie,

locuaz como el perro griego

que sólo desea la luz solar,

robando al poder un poco de paz.


¿Puedes ocaso beber de la mar tranquila en mí?

almuerzo sin mí

Doy un salto ciego...

me colma la cercanía,
se enreda la sangre
detrás de mis ojos:
Imaginación, mis ojos,
ruedan gotas, sí; pero ordenadas.

¿Acaso el hielo sabe que quema?

Ruge mi niña distorsión
en pleno mediodía.













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Cuento "Realmente vos" - Publicado en Revista Caligrama (UNAM)

Entran en la habitación guiados por la luz del pasillo. Ella espera en la puerta a que él encienda la lámpara de noche.
—Hoy Mirta vino con Sofía, la hija que está estudiando… —dice la mujer, apagando la luz del pasillo—. La chiquita nos preguntó qué habríamos sido si nadie nos decía quién ser. 
—¿Quién? —contesta él.
—Pensalo, dale... ¿Realmente sos vos?
—Pero no entiendo —dice el hombre, con tono de disculpa.
—Pensalo un poco, Norberto —dice ella, cerrando la puerta del dormitorio.
Él se sienta en el borde de la cama, se saca los zapatos, las medias, se rasca la planta del pie. La mira: está sentada al otro lado, dándole la espalda, también quitándose la ropa. Él deja el pantalón y la camisa en una silla, al lado de una pequeña radio. Gira y se mete en la cama.

Un mínimo de luciérnaga

 

"Un mínimo de luciérnaga" es 
una obra que titila en los actos de tensión
 que provocan el tiempo y la emoción
 que se consumen hasta el estallido de la espera.





"Instrucciones de espera"


Aumenta

a cada segundo.


Su alimento

es el simple correr del tiempo.


Tiene la capacidad de comprimirse,

y, llegado el momento,

trasmutar de eterna a ínfima, sin contratiempos.


¡Explota!

Permanece.



Ayer

que fluye

al mañana.


Conexión

Por la intuición.




 "Un anoche"


A veces te extraño.


Rara vez me pasa.

Algo brota —

como un rostro en el cielo

que aloja miles de rostros.


Nadie lo entiende.


A veces, si alguien sí,

una estrella cae,

atrapada en deseos,

y duerme en mi espalda.


Por mera confusión,

trato de explicarlo:

¿cómo se puede extrañar

lo que aún se lleva dentro?




"Fusión"


Entras en otro tiempo,

la vida te apura como al nacer:

lloras, ríes, sueñas.


Intuyes azul, pero

aún ves gris.


Entras.

¿Lo mismo da?

Nadie lo sabrá jamás,

Ni siquiera tú.

Prisma trincado

Sintió, en la nuca, la estela de un paso errado.
Un remolino de miedos se encastró en sus muelas, dejándole la espalda corvada y la lengua fría.

Sus ojos se lo confirmaron:
el caminito se bifurca en senderos aparentemente iguales, como la suavidad del metal y la del algodón.

¿Un comienzo o un fin?

Debe decidirse antes de la bocina del tren; antes que la silla toque el suelo; antes que nazca la gota y descienda por lo azul de su nuca.

El supuesto déjà vu se desgrana en cada segundo gastado.
Todo remite al cuándo, todo cae en su pozo.

Su As de chispas está machacado por la rutina, como por un prisma trincado.

Quiere llorar y no tiene dónde, como no tienen dónde reír las infancias interrumpidas.

Todo su pecho es silencio, mezclado con ruidos molestos, que se enlazan, pero no pueden fundirse.

Posee la certeza de momentos inoportunos.

Pero... ¿tiene la duda?

Las meditaciones con la soga llegan a su término, cuando el alba florece.
Se eleva el vapor de rostros que observan.
Ruge el murmullo, encerrado en un día sin horas.
La calma se manifiesta: eterna.

¿La has sentido?
Bien por ti.

El arribo de las mariposas

Está acariciando sus cejas en el escalón de la entrada, esperando; la danza de las mariposas que bajan por su garganta, arrastradas por un ínfimo hilo de miel, le cosquillean la ilusión y los párpados en una sincronía surreal. 
Sonríe. 
Mira el cielo despejado de un turquesa brillante jamás visto. Cruza las piernas y se recuesta en el marco de la que podría ser su última primavera después de una década de deshielos. 
Cierra sus ojos:
 disfruta el aleteo incesante recorriendo su pecho. Lo diferencia instintivamente del zumbido circular. Su boca contiene dulce saliva espesa, cargada de orugas que intentan saber cuándo es el momento oportuno que tanto predican las moscas.
Se saborea un momento y traga lentamente. 
Le brota una lágrima prismal, fecunda de esas oruguitas que llegarán a verse en colores y que el viento enredará en sus cabellos florecidos. Las imagina trepando sus sueños para llegar a su lengua, devorando pequeños miedos a cada instante, atraídas por su dulce saliva. 
Con el vistazo, se sabe amada y deseada, y abre los ojos. 
Siente el arribo de las mariposas en su panza.
 La brisa se desliza por su cuello erizándole la piel. Escucha el ruido de las alas como en un futuro tan íntimo como cercano. Mira en derredor y lo sabe: vuelve a sonreírle lo palpable del día; vuelven a vibrar sus labios con la miel y más orugas...
El tiempo interrumpe con una hoja balanceándose hasta sus pies. 
—Es temprano para esperar —dice. 
Un niño pasa rascándose la palma de la mano con un palito, y la mira mientras cruza la calle, gesticulando extrañas formas en su rostro. Ella le sonríe.