Sintió, en la nuca, la estela de un paso errado.
Un remolino de miedos se encastró en sus muelas, dejándole la espalda corvada y la lengua fría.
Sus ojos se lo confirmaron:
el caminito se bifurca en senderos aparentemente iguales, como la suavidad del metal y la del algodón.
¿Un comienzo o un fin?
Debe decidirse antes de la bocina del tren; antes que la silla toque el suelo; antes que nazca la gota y descienda por lo azul de su nuca.
El supuesto déjà vu se desgrana en cada segundo gastado.
Todo remite al cuándo, todo cae en su pozo.
Su As de chispas está machacado por la rutina, como por un prisma trincado.
Quiere llorar y no tiene dónde, como no tienen dónde reír las infancias interrumpidas.
Todo su pecho es silencio, mezclado con ruidos molestos, que se enlazan, pero no pueden fundirse.
Posee la certeza de momentos inoportunos.
Pero... ¿tiene la duda?
Las meditaciones con la soga llegan a su término, cuando el alba florece.
Se eleva el vapor de rostros que observan.
Ruge el murmullo, encerrado en un día sin horas.
La calma se manifiesta: eterna.
¿La has sentido?
Bien por ti.
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