Colecciones y cuentos

Lectura imprescindible del mes

Sólo un favor

Un mínimo de luciérnaga

 

"Un mínimo de luciérnaga" es 
una obra que titila en los actos de tensión
 que provocan el tiempo y la emoción
 que se consumen hasta el estallido de la espera.





"Instrucciones de espera"


Aumenta

a cada segundo.


Su alimento

es el simple correr del tiempo.


Tiene la capacidad de comprimirse,

y, llegado el momento,

trasmutar de eterna a ínfima, sin contratiempos.


¡Explota!

Permanece.



Ayer

que fluye

al mañana.


Conexión

Por la intuición.




 "Un anoche"


A veces te extraño.


Rara vez me pasa.

Algo brota —

como un rostro en el cielo

que aloja miles de rostros.


Nadie lo entiende.


A veces, si alguien sí,

una estrella cae,

atrapada en deseos,

y duerme en mi espalda.


Por mera confusión,

trato de explicarlo:

¿cómo se puede extrañar

lo que aún se lleva dentro?




"Fusión"


Entras en otro tiempo,

la vida te apura como al nacer:

lloras, ríes, sueñas.


Intuyes azul, pero

aún ves gris.


Entras.

¿Lo mismo da?

Nadie lo sabrá jamás,

Ni siquiera tú.

Prisma trincado

Sintió, en la nuca, la estela de un paso errado.
Un remolino de miedos se encastró en sus muelas, dejándole la espalda corvada y la lengua fría.

Sus ojos se lo confirmaron:
el caminito se bifurca en senderos aparentemente iguales, como la suavidad del metal y la del algodón.

¿Un comienzo o un fin?

Debe decidirse antes de la bocina del tren; antes que la silla toque el suelo; antes que nazca la gota y descienda por lo azul de su nuca.

El supuesto déjà vu se desgrana en cada segundo gastado.
Todo remite al cuándo, todo cae en su pozo.

Su As de chispas está machacado por la rutina, como por un prisma trincado.

Quiere llorar y no tiene dónde, como no tienen dónde reír las infancias interrumpidas.

Todo su pecho es silencio, mezclado con ruidos molestos, que se enlazan, pero no pueden fundirse.

Posee la certeza de momentos inoportunos.

Pero... ¿tiene la duda?

Las meditaciones con la soga llegan a su término, cuando el alba florece.
Se eleva el vapor de rostros que observan.
Ruge el murmullo, encerrado en un día sin horas.
La calma se manifiesta: eterna.

¿La has sentido?
Bien por ti.

El arribo de las mariposas

Está acariciando sus cejas en el escalón de la entrada, esperando; la danza de las mariposas que bajan por su garganta, arrastradas por un ínfimo hilo de miel, le cosquillean la ilusión y los párpados en una sincronía surreal. 
Sonríe. 
Mira el cielo despejado de un turquesa brillante jamás visto. Cruza las piernas y se recuesta en el marco de la que podría ser su última primavera después de una década de deshielos. 
Cierra sus ojos:
 disfruta el aleteo incesante recorriendo su pecho. Lo diferencia instintivamente del zumbido circular. Su boca contiene dulce saliva espesa, cargada de orugas que intentan saber cuándo es el momento oportuno que tanto predican las moscas.
Se saborea un momento y traga lentamente. 
Le brota una lágrima prismal, fecunda de esas oruguitas que llegarán a verse en colores y que el viento enredará en sus cabellos florecidos. Las imagina trepando sus sueños para llegar a su lengua, devorando pequeños miedos a cada instante, atraídas por su dulce saliva. 
Con el vistazo, se sabe amada y deseada, y abre los ojos. 
Siente el arribo de las mariposas en su panza.
 La brisa se desliza por su cuello erizándole la piel. Escucha el ruido de las alas como en un futuro tan íntimo como cercano. Mira en derredor y lo sabe: vuelve a sonreírle lo palpable del día; vuelven a vibrar sus labios con la miel y más orugas...
El tiempo interrumpe con una hoja balanceándose hasta sus pies. 
—Es temprano para esperar —dice. 
Un niño pasa rascándose la palma de la mano con un palito, y la mira mientras cruza la calle, gesticulando extrañas formas en su rostro. Ella le sonríe.

Tres puntas

Sólo un favor

Por favor, Dios.
Llévate
tu desordenada ausencia,
que entre sueño y vigilia
tiñe mis cielos
y marca mi tierra vacía.

llévatela,
(con tu negro alarido)
a lo profundo.
Me reclamas consuelo
y aún es tan temprano...
¿Por qué este silencio,
de tristísimo ruego?

Suspendido en el aire
te extiendo mi mano:
¡Por favor, Dios!
Llévame arrastrado,
a florecer
como a morir.

Soledad sin modales

Mi alma ha anclado
Su barca al jardín:
Surcando las nubes
cargadas de lágrimas
que al fin precipitan 
el perdón de las flores.

¿Dormiré en paz,
en este jardín,
con este perdón
que yo no busqué?

La Caída

Sumisión oscura,
caída del miedo que
el autoritario huracán 
condensa
al entrar y salir de los ojos.

A él confiaste la quietud
de tu espíritu,
que proclama:
Amar es otra cosa.
Desear 
es otra cosa.
Vivir,
¡Debe ser otra cosa!

Aunque ya no importa
desde el fondo...


Condensación del homónimo de A. Camus.